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Homenaje a Solzhenitsyn

Daniel Iglesias Grèzes

Hoy se cumplen diez años de la muerte de Aleksandr Solzhenitsyn. Además, este año se cumplirá el primer centenario de su nacimiento. Por lo tanto, este es un momento propicio para un homenaje a ese extraordinario escritor e historiador.

Dos anécdotas

Compartiré con ustedes dos pequeñas historias que leí hace mucho, y cuyas fuentes respectivas me resulta imposible reencontrar hoy.

Primera. Durante la era soviética, un hombre de letras ruso estaba en su apartamento de noche, en pijama y con pantuflas, leyendo por primera vez una obra de Solzhenitsyn. De repente dejó el libro, se vistió de traje y corbata, se puso sus mejores zapatos, se sentó a la mesa y retomó la lectura. Se había dado cuenta de que tenía en sus manos un nuevo clásico de la literatura rusa y le había parecido irrespetuoso seguir vestido informalmente mientras leía algo de tanto valor.

Segunda. Una vez preguntaron al teólogo católico suizo Hans Urs von Balthasar, hombre de vastísima erudición, lo siguiente: “¿Si usted tuviera que preservar para la posteridad un solo libro del siglo XX, cuál elegiría?” Von Balthasar respondió que elegiría Archipiélago GULAG, la obra magna de Solzhenitsyn, una sobrecogedora descripción de los campos de concentración soviéticos, basada en los testimonios de 227 sobrevivientes.

Algunos datos biográficos

Aleksandr Solzhenitsyn nació en Kislovodsk (Rusia) el 11 de diciembre de 1918. Estudió matemática y física. Después de graduarse, sirvió en el Ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a haber recibido dos condecoraciones por acciones valerosas, en 1945 fue arrestado por expresar opiniones antiestalinistas en cartas enviadas a un amigo desde el frente de guerra. Fue condenado a ocho años de trabajo forzado y posterior destierro perpetuo. Su cautiverio inspiró varias de sus primeras obras literarias. Durante el gobierno de Kruschev fue liberado (1956) y se le permitió publicar, primero Un día en la vida de Iván Denísovich (1962), que tuvo un gran éxito de ventas, y luego algunas otras obras. Pronto volvió a ser víctima de la censura oficial y a sufrir persecución. En 1969 fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos. En 1970 recibió el Premio Nobel de Literatura, «por la fuerza ética con la que ha continuado las tradiciones indispensables de la literatura rusa». Fue expulsado de la Unión Soviética en 1974. Vivió en el exilio en los Estados Unidos desde 1975. Tras la disolución de la URSS (Navidad de 1991), en 1994 regresó a Rusia, donde fue recibido como un héroe. ​Falleció a los 89 años en su casa, cerca de Moscú, el 3 de agosto de 2008. Cristiano militante, denunció enérgicamente la inhumanidad, no sólo del estalinismo, sino del comunismo ruso en todas sus fases, de Lenin en adelante; y en su exilio criticó también con fuerza el vacío espiritual de Occidente, marcado por el secularismo y el materialismo práctico. En este sentido, pese a su visión errónea de la Edad Media, es muy interesante su discurso del 08/06/1978 en la Universidad de Harvard sobre la crisis moral de Occidente.

La rueda roja

Solzhenitsyn fue un profeta con una misión: decir la verdad sobre la miseria moral de la Revolución Rusa y sus consecuencias. En las últimas etapas de su vida se esforzó mucho para escribir una serie de novelas históricas sobre la Revolución Rusa, titulada La rueda roja. De los veinte volúmenes que había concebido llegó a publicar diez, agrupados en cuatro novelas que forman una tetralogía de más de 6.600 páginas: Agosto de 1914, Octubre de 1916, Marzo de 1917 y Abril de 1917. La rueda roja describe las fases sucesivas de un gran triunfo del Mal a causa del olvido de Dios. La decisión de escribir la primera de esas novelas la había tomado a los 18 años.

Un ejercicio saludable

Durante mucho tiempo, siguiendo la línea política del Partido Comunista, muchos intelectuales de izquierda trataron a los disidentes soviéticos como viles traidores o incluso agentes de la CIA. A todos los lectores, pero muy especialmente a quienes, por pensamiento, palabra, obra u omisión, fueron partícipes de esa calumnia, les recomiendo el saludable ejercicio de leer o releer cualquiera de las obras principales de Solzhenitsyn: El primer círculo, La casa de Matriona, etc.  

Tres chispazos de su genio literario

La novela corta Un día en la vida de Iván Denisovich, que describe los terribles padecimientos de un día de rutina de un prisionero en un campo de trabajo siberiano bajo Stalin, termina así: “Hubo tres mil seiscientos cincuenta y tres días como este en su condena. Desde el primer estruendo del riel hasta el último estruendo del riel. Los tres días extra fueron por los años bisiestos.”

La introducción de Archipiélago GULAG comienza así: “En el año 1949, unos amigos y yo dimos con una nota curiosa en la revista Priroda de la Academia de Ciencias. Decía en letra menuda que durante unas excavaciones en el río Kolymá se había descubierto (…) una capa de hielo subterránea. Esa capa había conservado congelados desde hacía decenas de miles de años especímenes de la misma fauna (…). Fueran peces o tritones, lo cierto es que se conservaban tan frescos (…) que, tras desprenderles el hielo, los integrantes de la expedición se los habían comido ahí mismo con sumo placer. Podría parecer que la revista pretendía impresionar a sus pocos lectores con la alta capacidad del hielo para conservar el pescado. No obstante, pocos supieron captar el otro sentido, más verdadero y épico, que tenía la imprudente nota. En cambio, mis amigos y yo lo comprendimos enseguida. Pudimos imaginarnos nítidamente la escena hasta en el menor detalle: los integrantes de la expedición quebrando el hielo ávidos y presurosos, y cómo, pasando por alto los excelsos intereses de los ictiólogos, luchaban a codazos por hacerse con un trozo de pescado milenario, derretirlo al fuego y saciar su hambre. Lo comprendimos porque nosotros mismos fuimos en su día integrantes forzosos de este tipo de expediciones, habíamos pertenecido a la poderosa y singular estirpe de los zeks [los prisioneros de los campos de trabajo soviéticos], la única del mundo capaz de comerse un tritón con sumo placer.”

Termino citando íntegramente un relato cortísimo de Solzhenitsyn, Empezando el día:

“Al amanecer, treinta jóvenes salieron corriendo al claro del bosque, se ubicaron cara al sol y empezaron a inclinarse, saludar, postrarse, levantar los brazos, arrodillarse. Y así durante un cuarto de hora.

Si los miráramos desde lejos podríamos creer que están rezando.

Actualmente a nadie le extraña que el hombre sirva cada día a su cuerpo con paciencia y atención.

Pero qué ofendidos estarían todos si sirviera de esta manera a su espíritu.

No, no era una oración. Era la gimnasia matutina.”

(Artículo publicado originalmente el 02/08/2018 en el diario El Observador de Montevideo, bajo el pseudónimo «Bonifacio de Córdoba»).

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La actual crisis de la Iglesia Católica

Daniel Iglesias Grèzes

La Iglesia Católica está conmocionada por la tercera gran ola de revelaciones sobre abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes, después de las de 2002 y 2010.

El abuso sexual es siempre un crimen odioso, más aún cuando la víctima es menor de edad; y, si el abusador es sacerdote, el abuso sexual es especialmente abominable. El sacerdote abusador abusa también de su ministerio sagrado y de su posición de autoridad en la Iglesia. Los fieles católicos aplaudimos los esfuerzos justos para erradicar de nuestra Iglesia esa plaga tan sucia y dañina.

La investigación más amplia del fenómeno de los abusos sexuales de menores por sacerdotes católicos es el John Jay Report de 2004, elaborado por un Colegio universitario de Justicia Criminal de Nueva York. Ese reporte, que está disponible en Internet en una versión abreviada de 155 páginas, analiza todas las denuncias no retiradas ni desmentidas de abuso sexual de menores por parte de sacerdotes católicos en los Estados Unidos en el período 1950-2002. El total de sacerdotes denunciados fue 4.392, el 4,0% de los sacerdotes activos en esos años (cf. op. cit., p. 6). Las denuncias correspondieron a 10.667 individuos (cf. Ibídem, p. 7). El 22,4% de las denuncias se referían a violaciones o intentos de violación (cf. Ibídem, p. 9). De este estudio se puede extraer conclusiones válidas también en otros países, dado que la llamada (de modo impreciso) «pedofilia en el clero» tiene características parecidas en muchos sitios.

Aunque la prensa se ha ocupado mucho más de los casos de abuso sexual cometidos por sacerdotes católicos que de los demás casos (mucho más numerosos), el abuso sexual de menores no es un problema exclusiva ni principalmente católico. Se da en proporciones similares en todas las comunidades religiosas y en los grandes grupos profesionales. A menudo se intenta explotar esos abusos en clave anticatólica, con la intención de desacreditar a la Iglesia y privarla de autoridad moral para seguir enseñando su doctrina, que es un excelente antídoto contra el veneno de esos y otros crímenes. También el abuso de los abusos sexuales es muy negativo: privar a una víctima de su fe y de su esperanza no es menos grave que privarla de su virginidad.

La evolución histórica del fenómeno es clara: el número de incidentes, relativamente bajo en 1950, creció mucho en los años ’50 y ’60, alcanzó un pico en los ’70, decreció fuertemente en los ’80 y ’90 y volvió en 1995-2002 al nivel de 1950 (cf. Ibídem, p. 28). Después de 2002 los casos denunciados siguieron bajando. Sin embargo, la gran mayoría de las denuncias son posteriores a 1990. Esto se explica porque muchas víctimas presentan sus denuncias ante las autoridades eclesiásticas muchos años después de los hechos denunciados. En cuanto al manejo de las denuncias, hubo un poco de todo, pero en la mayoría de los casos los sacerdotes con acusaciones fundadas fueron suspendidos o destituidos o bien renunciaron o se retiraron (cf. Ibídem, pp. 95-98). Aunque con lentitud, errores y dificultades, es innegable que la Iglesia Católica obtuvo resultados importantes en su lucha contra la pedofilia en el clero. Entonces, ¿por qué sigue en la mira por escándalos sexuales? Indicaré dos razones, una de ellas inquietante.

La primera razón es una suerte de inercia: los casos del pasado siguen dando que hablar. Por ejemplo, un reciente reporte de un Gran Jurado de Pennsylvania analizó las denuncias de abuso sexual de menores por parte de 300 sacerdotes católicos en ese Estado a lo largo de 70 años. Empero, la gran mayoría de esos sacerdotes ya han muerto o han sido expulsados del estado clerical. 

La segunda razón tiene que ver con un dato clave del John Jay Report de 2004 que fue corroborado por otros estudios pero en general ha sido ignorado, minimizado o malinterpretado por la prensa: el 81% de los menores abusados por sacerdotes eran varones (cf. Ibídem, pp. 9 y 68). Por «corrección política», se ha tendido a ocultar o negar la importancia del componente homosexual del problema de la pedofilia en el clero.

Hasta ahora la Iglesia abordó ese problema desde una óptica algo estrecha, centrándose tanto en los abusos sexuales de menores que descuidó el problema de la mala conducta sexual de un grupo de clérigos bastante más amplio que el de los sacerdotes pedófilos. El reciente y explosivo ViganòGate ayuda a tomar conciencia de que, mientras la Iglesia combatía los abusos sexuales de menores, siguieron creciendo dentro de ella verdaderas redes de sacerdotes homosexuales que se apoyan y encubren entre sí. Este encubrimiento no siempre se limita a su doble vida y sus violaciones sistemáticas del celibato sacerdotal, sino que a veces se extiende a crímenes cometidos por algunos de ellos con inclinación pedófila. Curar esta segunda herida de la Iglesia, hasta ahora tan oculta, es importante en sí mismo, pero también para contribuir a sanar la herida de la pedofilia en el clero. Además, la red de complicidades se extiende a muchos sacerdotes u obispos «progresistas» que comparten con el lobby homosexual el deseo de cambiar radicalmente toda la moral sexual católica.

Dentro de la tristeza general del asunto, los acontecimientos recientes son paradójicamente un motivo de esperanza. En estos tiempos del #MeToo, se está generando una especie de #CatholicMeToo, que no se limitará, como hasta ahora, a denunciar los abusos de menores, sino que abarcará todas las formas de acoso sexual o conducta sexual inapropiada, incluso entre adultos. Esto ayudará a la Iglesia a fortalecerse y enfrentar con mayor decisión sus problemas.

Termino con una profesión de fe personal: creo firmemente que, pese a todos los pecados de sus miembros, la Iglesia Católica es siempre la Esposa de Cristo, hecha Santa e Inmaculada por su Divino Esposo: un nosotros divino-humano que es santo porque Dios es Santo.

(Artículo publicado originalmente el 27/09/2018 en el diario El Observador de Montevideo, bajo el pseudónimo «Bonifacio de Córdoba»).

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Nacionalismos

Daniel Iglesias Grèzes

¿Qué es el nacionalismo? El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) indica dos acepciones de la palabra «nacionalismo»: «1. Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia. 2. Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado.» Por otra parte, el DRAE indica cuatro acepciones de la palabra «nación», de las que citaré dos: «1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno. (…) 3. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.» En síntesis, podría decirse que el nacionalismo es la idea de los integrantes de un pueblo que los impulsa a querer vivir juntos como nación, en un mismo Estado.

Supongo que la siguiente cuestión interesará a más de un lector: ¿El nacionalismo es compatible con el cristianismo? Desde el punto de vista de la moral cristiana, cabría distinguir entre un «nacionalismo bueno» (al que se suele llamar «patriotismo») y un «nacionalismo malo», que no respeta el deber moral de amistad y de justicia hacia las demás naciones del mundo.

Los principios de solidaridad y de subsidiariedad, propios de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), se aplican en todos los niveles, incluso el nivel internacional: todos somos responsables de cada individuo, pueblo y nación (solidaridad); pero lo somos dentro de un orden en el que cada individuo, pueblo y nación conserva su propio ámbito de libertad, de tal modo que los organismos internacionales no existen para absorber o eliminar los Estados nacionales, sino para ayudarlos a alcanzar de un modo más fácil, completo y perfecto su propio bien (subsidiariedad).

El mandamiento divino del amor al prójimo se aplica a todos los seres humanos; pero es obvio que mis deberes para con mis hijos son mucho mayores que mis deberes para con los hijos de mi vecino. Tengo la responsabilidad directa y primaria de mantener y educar a mis propios hijos. En cambio, con respecto a los hijos de mi vecino esa responsabilidad no es mía, sino de mi vecino. Mi responsabilidad hacia ellos es generalmente subsidiaria e indirecta. Este principio fundamental, que es tan evidente en el nivel de las familias, se aplica también analógamente en el nivel de las naciones. Se debe respetar la soberanía de cada nación, y ayudar a las demás naciones en caso de que esa ayuda sea necesaria o conveniente. Como solía decir un santo del siglo XX: «Que cada palo aguante su vela».

Así como, si se respetan los principios de solidaridad y subsidiariedad, el amor especial de cada ciudadano por su propia familia no impide sino que favorece la unión de todos los ciudadanos en una sola nación, así también los nacionalismos o patriotismos de los distintos pueblos no impiden sino que favorecen la unión de todas las naciones en una sola humanidad. Por lo tanto, no es correcto, como suele hacerse hoy en día, identificar el nacionalismo con la xenofobia, el racismo o el imperialismo, aunque algunas formas de nacionalismo estén en mayor o menor grado contaminadas por esos elementos negativos. Más aún, dentro de ciertos límites razonables, tampoco esa contaminación obliga a descartar totalmente los nacionalismos contaminados. También en esos casos es preciso usar el discernimiento para separar la paja del trigo y para no tirar al bebé junto con el agua sucia de la bañera.

Conviene tener presentes estas nociones básicas al evaluar el actual y creciente conflicto político entre el «globalismo» (o internacionalismo) y el nacionalismo, o mejor dicho los nacionalismos. Es preciso reconocer que la globalización, pese a sus muchos aspectos positivos, trae consigo también aspectos negativos, que suelen ser minusvalorados por los «globalistas», es decir los partidarios de la globalización a ultranza. Estos a menudo son liberales que sueñan con un mundo sin fronteras, donde circulen con total libertad los bienes, los servicios, las personas, la información, el dinero, etc.

La DSI nos invita a valorar la libertad económica sin idolatrarla, reconociendo tanto sus ventajas como sus desventajas. Consideremos por ejemplo el caso de las migraciones. Es cierto que existe un derecho a emigrar (y también —no lo olvidemos— un derecho, aún más fundamental, a no emigrar), pero no existe el deber moral y legal de una nación de acoger una inmigración masiva de un modo totalmente indiscriminado, independiente de su magnitud cuantitativa y de cualquier característica de los inmigrantes. Por razones prudenciales, todo Estado tiene derecho a regular de un modo justo la inmigración, de modo de respetar tanto los derechos de los inmigrantes, hacia los cuales tenemos como nación una responsabilidad subsidiaria, como los derechos de los ciudadanos naturales del país, hacia los cuales tenemos como nación una responsabilidad primaria. Por lo tanto, no puede calificarse a priori como anticristiano cualquier intento de eliminar la inmigración ilegal o de disminuir la inmigración legal. Cada propuesta debe ser estudiada con base en los principios de la moral social y teniendo muy en cuenta las circunstancias concretas del país y del momento presente.

(Artículo publicado originalmente el 07/11/2018 en el diario El Observador de Montevideo, bajo el pseudónimo «Bonifacio de Córdoba»).

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La gran apuesta de un ecologista y un economista

Daniel Iglesias Grèzes

Después de la II Guerra Mundial, el neomalthusianismo fue ganando espacios en los medios de comunicación social, causando una alarma pública sobre la presunta “explosión demográfica” e influyendo cada vez más en las políticas gubernamentales. Se empezó a asociar el crecimiento demográfico y la crisis ambiental, y cundió el pánico sobre una próxima catástrofe ecológica que sería causada básicamente por la superpoblación. El control de la natalidad, propuesto como solución principal, encontró una aceptación popular creciente. En ese período se describió por primera vez a la humanidad como un cáncer en el cuerpo del planeta y se propusieron ideas tales como una licencia para tener bebés, cuya unidad sería el “deciniño”. Una acumulación de diez deciniños por compra, herencia o donación permitiría a una mujer tener un hijo legalmente.

El entomólogo estadounidense Paul R. Ehrlich (1932-), especialista en mariposas, dio un gran impulso al catastrofismo neomalthusiano con su best-seller de 1968: The Population Bomb [La bomba de la población]. El autor presenta su visión alarmista en el prólogo del libro: “La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado […] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas morirán de hambre a pesar de cualquier programa de choque que se emprenda ahora. A estas alturas nada puede impedir un sustancial incremento en la tasa de mortalidad mundial, aunque muchas vidas podrían ser salvadas mediante drásticos programas para ampliar la capacidad de la tierra incrementando la producción alimentaria y distribuyendo más equitativamente el alimento disponible. Pero estos programas sólo proporcionarán un aplazamiento a menos que se acompañen con esfuerzos decididos y exitosos de control de la población.”

Ehrlich hizo muchas predicciones catastrofistas, como por ejemplo que la India estaba esencialmente condenada al apocalipsis demográfico y que Inglaterra no existiría en el año 2000. Para evitar esa catástrofe, propuso varios métodos coercitivos de control demográfico, por ejemplo la adición de sustancias anticonceptivas en la comida. Ninguna de esas predicciones catastrofistas de Ehrlich se cumplió, ni siquiera remotamente.

En 1980, el economista estadounidense Julian L. Simon (1932-1998) desafió a Ehrlich por medio de una apuesta. Según el neomalthusianismo, las materias primas del planeta serían cada vez más escasas con respecto a la población, por lo que sus precios aumentarían. Simon apostó mil dólares que cualquier materia prima que Ehrlich eligiera no subiría de precio, descontando la inflación, en cualquier período mayor que un año. Ehrlich bromeó diciendo que Simon era la prueba de que “lo único que no se está acabando en la Tierra son los idiotas”. Aceptó la apuesta y, aconsejado por su amigo John P. Holdren (posteriormente asesor principal del Presidente Obama en ciencia y tecnología), eligió una combinación de cinco materias primas (cobre, cromo, níquel, estaño y tungsteno) y un período de diez años. De 1980 a 1990 la población mundial creció en más de 800 millones de personas, el mayor crecimiento registrado hasta ese momento en una década. Sin embargo, en 1990 Ehrlich perdió la apuesta de un modo aplastante: descontando la inflación, los cinco materiales seleccionados bajaron de precio; y algunos precios bajaron más de un 50 %.

En esencia, Ehrlich y Simon veían a los seres humanos, en relación con la economía, de dos formas contrarias: Ehrlich (como Malthus) los ve principalmente como una carga, mientras que Simon los veía principalmente como activos productivos, porque en general la gente encuentra o crea más recursos que los que consume. Para cuestionar la visión malthusiana de la economía, Simon solía preguntar a los estudiantes: “¿Por qué el PBI per cápita de la nación aumenta cada vez que nace un ternero, y cae cada vez que nace un bebé?” Buena pregunta. Quizás necesitemos una medida mejor de la economía…

Concluyo con una nota de historia de la Iglesia. En los años 80 del siglo XX Julian Simon fue recibido por Juan Pablo II, lo cual lo llenó de orgullo. Solía decir: “No son muchos los muchachos judíos de Nueva Jersey que son invitados a tener una audiencia con el Papa”.

A principios de 2017 tuvo lugar en el Vaticano una conferencia sobre la extinción de especies, organizada por la Pontificia Academia de las Ciencias y la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. Paul Ehrlich, catastrofista impenitente, participó como expositor. Desde el mismo centro de la catolicidad, Ehrlich abogó por la anticoncepción y el control de la población como herramientas esenciales para el “desarrollo sostenible”, sin que nadie lo contradijera. Más aún, el obispo argentino Marcelo Sánchez Sorondo, Canciller de las dos Academias citadas, alabó el papel de la educación para evitar las familias numerosas.

¿Un signo de los tiempos? Respondo con un lema de los monjes cartujos: “La Cruz permanece en pie, mientras el mundo gira”.

(Artículo publicado originalmente el 22/05/2018 en el diario El Observador de Montevideo, bajo el pseudónimo «Bonifacio de Córdoba»).