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Suboptimización

Bobby Fischer, campeón mundial de ajedrez (1972-1975)

Un concepto aplicado generalmente a sistemas, pero que puede aplicarse también a personas.

Daniel Iglesias Grèzes

«Optimización» es la búsqueda del mejor resultado posible de un sistema. «Suboptimización» es lo que ocurre cuando el esfuerzo excesivo para optimizar uno o más componentes de un sistema perjudica el rendimiento del sistema en su conjunto. Por ejemplo, si un arquitecto que diseña un edificio se concentra demasiado en diseñar unos magníficos ascensores, puede pasar que éstos terminen por ocupar demasiado espacio y resten funcionalidad al edificio.

Para aplicar el concepto de suboptimización a los seres humanos partiré de dos frases de Paul Morphy (1837-1884), una de las dos figuras principales de la historia del ajedrez en los Estados Unidos: «La capacidad de jugar al ajedrez es señal de un caballero. La capacidad de jugar bien al ajedrez es señal de una vida malgastada.» «El ajedrez ha de ser primordialmente una recreación y no debe practicarse en detrimento de otras y más serias actividades. Como un simple juego, como un descanso de actividades importantes en la vida, merece la más alta recomendación.»

Se puede hacer varias críticas a estas frases de Morphy: a) es algo anacrónico presentar al ajedrez como un juego de caballeros; b) es una exageración afirmar que no se puede jugar bien al ajedrez sin malgastar la vida; c) hoy unas cuantas personas practican el ajedrez como profesión, lo que en principio es legítimo; d) también el juego, aunque no sea lo principal de la vida, ocupa en ella un rol que no conviene despreciar. Sin embargo, me parece innegable que las frases citadas de Morphy apuntan a una verdad esencial: para algunos el ajedrez puede llegar a ser importante, pero considerarlo como lo principal o (peor aún) lo único en la vida es un error funesto. Morphy evitó ese error retirándose del ajedrez para siempre a los 22 años, después de brillar como una estrella fugaz, superando claramente a todos los grandes jugadores americanos y europeos que se animaron a enfrentarlo. Tal vez no era necesario que Morphy dejara totalmente el ajedrez, pero debemos respetar su decisión.

El triste caso de Bobby Fischer (1943-2008), la otra superestrella del ajedrez estadounidense, demuestra que el peligro de la suboptimización humana es muy real. Fischer no sólo dijo: «Todo lo que quiero en la vida es jugar al ajedrez»; sino que puso en práctica ese propósito reduciendo su vida al ajedrez. Obtuvo el título de campeón mundial en 1972, tras vencer en Reikiavik (Islandia) al soviético Boris Spassky, en el sensacional «match del siglo», que fue también un hito notable de la guerra fría entre los EEUU y la URSS. Después de eso Fischer no volvió a jugar públicamente al ajedrez, con la única excepción de un match amistoso de revancha contra Spassky en Yugoslavia en 1992, que Fischer volvió a ganar. Pero Bobby siguió obsesionado por el ajedrez, siguió siendo muy antisocial e incluso fue perseguido por la justicia de EEUU por haber violado un embargo de su país contra Yugoslavia en ese match de 1992. Tras varios años como fugitivo, Fischer encontró amparo en Islandia en 2005. Allí vivió casi totalmente aislado y allí murió a la ajedrecística edad de 64 años.1 

Es muy probable que Bobby Fischer haya sufrido algún tipo de enfermedad mental, pero el peligro de suboptimización afecta a todas las personas, también a las muy cuerdas. Intuitivamente todos sabemos que alguien puede ser un virtuoso del piano, del fútbol o de la cirugía y no ser una persona cabal; y que, a la inversa, alguien puede ser a la vez un mal matemático y una excelente persona. Los teólogos escolásticos medievales expresaron esa idea distinguiendo dos conceptos: la «prudencia» (recta ratio agibilium, la forma correcta de actuar) y el «arte» (recta ratio factibilium, la forma correcta de hacer [algo en particular, como por ejemplo jugar al ajedrez]). La prudencia es una virtud cardinal, una especie de know how moral, que ayuda a la persona a encontrar las palabras adecuadas y la acción oportuna en cada situación. En cambio el arte no es una virtud moral, sino una mera habilidad técnica.

Qohélet, un sabio judío, probablemente del siglo III AC, fue consciente de que ni el placer, ni las riquezas, ni siquiera el conocimiento por sí mismo son capaces de hacer feliz al ser humano: «¡Vanidad de vanidades…, vanidad de vanidades, todo es vanidad!»2, si se lo considera aisladamente, sin relación al fin último del hombre. Esta antigua sabiduría judía y cristiana se encuentra muy arrinconada hoy, en un mundo cada vez más sometido al subjetivismo moral. Según esta última doctrina, que descarta las nociones de naturaleza humana y de fin último del hombre, cada individuo queda librado a buscar la felicidad a su manera, siendo todas las maneras igualmente buenas. Un filósofo español acaba de expresarlo así: «la más ambiciosa meta de la Ilustración: pensar para saber, saber para poder, poder para hacer lo que queremos»3, sea lo que sea. La mentalidad ilustrada olvida una tragedia muy común: la de la persona que se afana toda la vida en alcanzar una meta cualquiera y cuando la logra se da cuenta de que en realidad ésta no lo satisface. Podemos evitar esa tragedia, pero para ello tenemos que liberarnos del subjetivismo moral.

1) El tablero de ajedrez tiene 64 casillas.

2) Eclesiastés 1,2.

3) Miguel Á. Quintanilla, Filosofía Ciudadana, Editorial Trotta, 2020, Prefacio.

(Artículo publicado en: El Observador, 26/10/2020).

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