Daniel Iglesias Grèzes

Un viejo chiste dice que hay tres tipos de mentiras: mentiras piadosas, mentiras maliciosas y estadísticas… En efecto, con mucha frecuencia se abusa de las estadísticas para hacerles decir cosas que no dicen. Veremos dos ejemplos.

El “consenso” científico sobre el cambio climático

Desde hace unos diez años los medios de comunicación repiten incesantemente que el 97 % de los científicos creen en el calentamiento global causado por el hombre. ¿De dónde salió ese porcentaje? En 2008 una estudiante de la Universidad de Illinois (Maggie Kendall Zimmerman), supervisada por su tutor (Peter Doran), en su tesis de grado, realizó una encuesta en la web invitando a participar a 10.257 especialistas en ciencias de la Tierra, de los cuales 3.146 respondieron la encuesta. Aproximadamente el 5 % de los que respondieron eran climatólogos. La pregunta principal fue la siguiente: “¿Piensa que la actividad humana es un factor que contribuye significativamente a cambiar las temperaturas globales medias?” En esa pregunta, la palabra “significativamente” es bastante ambigua. Lo más interesante habría sido averiguar cuántos científicos piensan que la actividad humana es la causa principal del calentamiento global. Como sea, el “Sí” alcanzó un 82 % de las respuestas a esa pregunta.

Ahora bien, un 82 % no da la impresión de un consenso abrumador. Quizás por eso la muestra de 3.146 científicos se redujo a tan sólo 79 individuos que cumplían dos condiciones adicionales: 1) eran climatólogos; 2) más del 50 % de sus papers revisados por pares publicados recientemente trataban sobre el cambio climático. De esos 79 individuos, 77 respondieron la pregunta principal, y de éstos 75 respondieron “Sí”. Et voilà ! 75/77 = 97,4 %. Así, con una muestra no representativa y una formulación ambigua, se logró que miles de medios en todo el mundo anunciaran que una encuesta a más de 10.000 científicos había demostrado que el 97 % de los científicos creían en el calentamiento global causado por el hombre…

La “brecha salarial de género”

El 08/03/2018, con motivo del Día Internacional de la Mujer, varios medios de prensa locales informaron que, según un estudio elaborado en 2017 por CPA Ferrere, las mujeres uruguayas ganan, en promedio, 23,9 % menos que los hombres por la misma tarea. Sin embargo, la web de CPA Ferrere, al presentar ese estudio, no dice que se trate de ingresos “por la misma tarea”, sino que “los datos se obtienen comparando los ingresos medios mensuales entre hombres y mujeres”.

Entiéndase bien: no cuestiono el dato de la diferencia de ingresos medios, sino la interpretación corriente de ese dato como evidencia de una supuesta discriminación contra las mujeres de parte de los empleadores, que estarían pagando a las mujeres, por el simple hecho de ser mujeres, salarios mucho menores que a los hombres por trabajos similares. Esa interpretación corriente es falsa y se basa en un error elemental pero muy común: confundir una correlación estadística entre dos variables con una relación de causalidad.

Cuando se comparan los ingresos medios de dos grandes grupos, uno de hombres y otro de mujeres, las diferencias entre los individuos de ambos grupos no se limitan al sexo, sino que abarcan muchas otras variables; por ejemplo: habilidades, experiencia y preferencias.

Consideremos las preferencias. Gran parte de la brecha salarial entre hombres y mujeres se explica porque en promedio los hombres prefieren empleos más remunerados que los que prefieren las mujeres. Para explicar esto presentaré un modelo esquemático. Supongamos una muestra formada por 100 hombres (80 ingenieros y 20 maestros) y 100 mujeres (80 maestras y 20 ingenieras); y supongamos además que todos los ingenieros e ingenieras ganan $ 60.000 por mes y todos los maestros y maestras ganan $ 30.000 por mes. El ingreso mensual promedio de los hombres sería $ 54.000 y el de las mujeres $ 36.000. Las mujeres tendrían un ingreso medio 33,3 % menor que el de los hombres, pero no habría ninguna discriminación contra la mujer de parte de los empleadores. Si en este modelo hubiera una discriminación, no sería contra las mujeres, sino contra los maestros (hombres y mujeres) y a favor de los ingenieros (hombres y mujeres). En la realidad hay muchas más variables en juego que en este modelo esquemático, pero en general son las otras variables, no la variable del sexo, las que explican casi toda la llamada “brecha salarial de género”.

El feminismo de género sueña a menudo con un igualitarismo radical en el que desaparecerían todas las diferencias entre los sexos, incluso las diferentes preferencias por determinadas profesiones u oficios. Dudo mucho que el gigantesco esfuerzo social requerido para lograr que las mujeres representen el 50 % de los militares, de los obreros de la construcción, de los mecánicos, de los ingenieros, de los peones rurales, etc. valga realmente la pena, y que ese proyecto igualitario radical sea factible o deseable. El igualitarismo radical tiende a ser liberticida (recuérdese la China de Mao). Pero lo que más me hace sospechar de ese igualitarismo es su carácter hemipléjico. Por ejemplo, el VII Censo de Estudiantes Universitarios (de 2012) mostró que la distribución por sexo de los estudiantes de grado de la UdelaR [Universidad de la República] era un 63,8 % de mujeres y un 36,2 % de hombres. ¿Ustedes conocen a alguien que se haya rasgado las vestiduras por esta notable “inequidad de género”?

(Artículo publicado originalmente el 15/03/2018 en el diario El Observador de Montevideo, bajo el pseudónimo “Bonifacio de Córdoba”).

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