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El Big Bang y el origen del universo

Daniel Iglesias Grèzes

Tres hechos deberían mover a reflexión a quienes, abusando de un incidente particular –el “caso Galileo”– sostienen que existe una oposición radical entre la religión católica y la ciencia: 1) A lo largo de la historia universal se han sucedido muchas civilizaciones. 2) La civilización occidental, en su génesis (años 500-1500) fue católica. 3) La civilización occidental, y sólo ella, fue la cuna de la ciencia moderna.

Grandes historiadores de la ciencia como Pierre Duhem y Stanley Jaki demostraron que la ciencia moderna fue gestada en las escuelas monásticas y catedralicias y las universidades católicas de la Edad Media. La doctrina católica ofreció el marco conceptual que hizo posible el nacimiento de la ciencia moderna. La ciencia es posible porque, como enseña la doctrina católica, el mundo y el ser humano son racionales. El mundo es racional porque es la obra racional de un Ser que es racional por excelencia, Dios. Y el ser humano es racional porque es imagen de Dios, su Creador, quien le obsequió el don de la razón.

Además, clérigos católicos han sido pioneros de varias ramas de la ciencia. Por ejemplo: Nicolás Copérnico, canónigo polaco, padre de la astronomía moderna; Gregor Mendel, agustino austríaco, padre de la genética moderna; y Georges Lemaître (1894-1966), sacerdote belga, padre de la cosmología actual por medio de la teoría del Big Bang.

La ciencia moderna se vio sacudida a comienzos del siglo XX por la revolución científica causada por la física cuántica y la teoría de la relatividad. Al aplicar las fórmulas de la relatividad general al universo en su conjunto, Albert Einstein se encontró con un universo que cambiaba con el tiempo. Pero todavía hacia 1920 los científicos seguían creyendo que el universo era un sistema estático y muchos astrónomos seguían pensando que la Vía Láctea era la única galaxia del universo. Einstein, que era panteísta, prefería un universo estable, por lo que introdujo en sus ecuaciones una “constante cosmológica”, cuya única función era evitar un universo inestable.

En 1929, a partir de las observaciones de Hubble, se descubrió que la Vía Láctea es sólo una de los millones de galaxias existentes y que la gran mayoría de las galaxias se están alejando de la nuestra y entre sí: ¡el universo se expande! Lemaître ya había demostrado que la expansión del universo era compatible con la teoría de la relatividad. En 1931 el mismo Lemaître propuso que el universo se originó en la explosión de un “átomo primigenio” o “huevo cósmico”, en lo que hoy es conocido como Big Bang o Gran Explosión. Lemaître estimó que el universo tiene una edad de entre diez y veinte mil millones de años, lo cual se corresponde con las estimaciones actuales.

La teoría del Big Bang goza hoy de al menos cuatro comprobaciones empíricas: 1) el corrimiento hacia el rojo en los espectros electromagnéticos de las galaxias; 2) la radiación cósmica de fondo del universo; 3) la existencia de elementos químicos muy livianos, que no podrían haber sido sintetizados en el interior de las estrellas, al menos en la proporción requerida para explicar su abundancia; 4) la detección de ondas gravitatorias (lograda en 2015-2017). Esto hace del Big Bang una teoría muy sólida, que hoy es aceptada, al menos provisionalmente, por casi todos los físicos y astrónomos.

Sin embargo, siempre ha habido científicos no creyentes disgustados por el Big Bang debido a la semejanza de éste con la doctrina cristiana de la Creación. Un ejemplo es el propio Einstein. Cuando él y Lemaître se encontraron por primera vez, Einstein dijo a Lemaître que sus cálculos eran correctos, pero su física era abominable. Más adelante Einstein se vio obligado a admitir la expansión del universo y reconoció que la constante cosmológica había sido el peor error de su carrera científica. Otro ejemplo es el gran astrofísico Arthur Eddington, quien escribió: “Filosóficamente, la noción de un comienzo abrupto del presente orden de la Naturaleza es repugnante para mí, como creo que debe de ser para la mayoría.” El rechazo a las posibles implicaciones teológicas del Big Bang es el motivo principal que ha movido a no pocos científicos a buscar teorías alternativas; pero hasta el momento todas esas teorías (el universo en estado estacionario, el modelo cíclico del universo,  etc.) han fracasado.

Con respecto al origen del universo, los ateos enfrentan un gran dilema: si Dios no existe, entonces el universo ha surgido espontáneamente de la nada, o bien es eterno. La primera alternativa es absurda, porque la nada –el no-ser– no puede ser la causa de ningún ser. La segunda alternativa se enfrenta al formidable obstáculo de la cosmología actual, basada en el Big Bang. Ésta no sólo no apoya la idea de la eternidad del universo, sino que sugiere con mucha fuerza (aunque no demuestre estrictamente) que el universo tuvo un comienzo absoluto en el tiempo, lo que es consistente con la doctrina cristiana de la creación.

(Artículo publicado originalmente el 24/01/2018 en el diario El Observador de Montevideo, bajo el pseudónimo «Bonifacio de Córdoba»).

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